Con el comienzo del verano llegan todas las campañas publicitarias que nos recuerdan que el sol saca a relucir esos michelines que en invierno no molestan tanto. Como consecuencia la tasa de socios de los gimnasios sube pero... ¿realmente nos reconforta?

Todos comenzamos entusiasmados esas clases interminables de ejercicios que hacen que nuestros músculos nos odien tanto y demuestran su rencor a través de las agujetas. Pero da igual te sientes bien porque has quemado unos "kilitos".

Pero esa felicidad desaparece inmediatamente cuando miras a tu alrededor y observas esos cuerpos perfectos que te rodean y te recuerdan que ni con sacrificio llegarás a estar así. Entrar en el vestuario es un tormento, procuras no levantar la vista del suelo pero al final lo haces. Inmediatamente te vas a un espejo y piensas que en un mes esos desgraciados que te amargan desaparecerán. Dejas de comer todo aquello que tiene sabor y bebes dos litros de agua al día, sin embargo, no funciona, y lo peor es que esos cuerpos perfectos del gimnasio cada día están mejorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Llegó el momento de tomar una medida drástica...

Olvídate de las dietas, y recuerda que ese michelín lleva contigo muchos años, y cuesta despedirse de él. El gimnasio no hace falta dejarlo, simplemente ahora piensa que ese figurín cuando salga comerá algo incoloro insaboro e intodo; pero a ti.... te espera un festín. Y sí, el lucirá mejor cuerpo en la playa pero para que.